David J. Skinner

viernes, 20 de mayo de 2016

"Cabrones", los autores

Capítulo 2: EL EDITOR
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Al salir del Troismen se encontraron con un individuo que no conocían.
—Libro… Libro… —dijo el recién llegado, cual zombi a punto de abalanzarse sobre suculentos cerebros.
Tal vez fue por la nube de ebriedad que cubría la cabeza de los tres escritores, pero ninguno fue capaz de reaccionar antes de que el tipo en cuestión se situase a pocos pasos de ellos.
—Sois los de Cabrones, ¿verdad? —Su voz había cambiado, y todos pensaron que sus anteriores palabras podían haber sido pronunciadas de una manera diferente a como las habían escuchado—. Escuchad, tengo una oferta que haceros.
—Ya hemos tenido bastante de esa novela, por el momento —respondió Skinner con rapidez—. Verás, hemos sufrido amenazas, recibido anónimos amenazantes y a Camporro —señaló a su acompañante, sin mirarlo— le acabamos de recoger del hospital.
—Demasiadas emociones para tres modestos escritores —dijo Camporro, tras ser nombrado—. Gracias, pero…
—¿Qué oferta? —interrumpió Estrada, colocándose entre Camporro y el desconocido—. Chicos, no seáis maleducados.
—Es sencillo —comenzó a decir el inesperado ofertante—. Os propongo editar Cabrones.
—En serio, no estamos interesados en nada que tenga que ver con ese libro maldito —siguió diciendo Skinner, en un tono que no parecía admitir réplica—. Vamos a ir promocionándolo y crearemos material adicional, pero Cabrones no debe, por el momento, volver a aparecer en papel.
—Os lo estoy ofreciendo por las buenas —la voz del extraño había cambiado, pareciéndose más a la que escucharon al principio—. Si tengo que hacerlo por las malas, tendréis problemas. Sé todo sobre vosotros, frikis —escupió esa palabra—, y no dudaré en usarlo para conseguir mis fines.
Camporro también cambió su actitud, a la vez que se llevaba la mano derecha a las heridas que tenía en la coronilla, recuerdo de la paliza que había recibido.
—¡No nos das miedo! —exclamó, casi gritando. Algún cliente del Troismen salió del lugar para observar una posible pelea.
—¿Ah, no? —El hombre, sin darse la vuelta, empezó a alejarse de ellos—. En unos días tendréis noticias mías, y entonces veremos si lo hacéis…