David J. Skinner

lunes, 16 de diciembre de 2013

Legado de sombras - 5

Errante




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Un Errante es aquel que recorre la senda del conocimiento divino. Antiguamente, cuando no existía un único Gran Adalid sino varios adalides bendecidos por los Dioses, los Errantes se encerraban en las Torres del Estudio durante años, leyendo, investigando, e incluso poniéndose en contacto con los Dioses. Eso cuentan las viejas historias. Ahora solamente hay un adalid, el Gran Adalid, la voz de los Dioses.

¿Era yo, incluso sin saberlo, un Errante?

Según me relató Yaara, la pequeña marca circular en mi frente, que se encontraba allí desde que tengo uso de razón, indicaba sin lugar a dudas que yo era un elegido. Mi destino era seguir el Camino y llegar a ser un adalid. Durante varios días, intentó convencerme de la importancia de mi don, y de cómo estaba escrito que habría de liderar, llegado el momento, el advenimiento de una nueva era. Una época dorada de cercanía con los Dioses.

Poco después, pude comprobar con mis propios ojos cómo aquello era cierto. Entre rollos antiguos de pergamino descubrí esa misma marca junto a diversas profecías que, a pesar de no comprender en su totalidad, hablaban de su importancia. Prácticamente residí en la biblioteca de la ciudad durante una semana, comiendo y durmiendo en su interior, y abandonándola solo cuando mis necesidades físicas eran incontenibles. Yaara me acompañaba casi todo el tiempo, explicándome las palabras que no entendía y resolviendo mis dudas.

—¿Qué significa Tak-Harek, Yaara? —le pregunté uno de los días, leyendo más datos sobre una de las profecías.

—Eres tú, joven humano —me respondió, sonriendo—. El Tak-Harek es el enviado de los Dioses. Más aún; es el enviado por los Dioses.

Tras aquello, me besó en la mejilla. Lejos de asquearme, la suavidad de sus labios sobre mi piel me produjo una sensación de tranquilidad y a la par que de deseo, que me hizo enrojecer levemente. Giré la cabeza y me quedé mirándola, confundido. Aunque mi contacto con el resto de Hantings de la ciudad era muy limitado, a lo largo de los días pude ver que, aun pareciendo todos iguales, sus rasgos individuales eran más marcados de lo que creía en un principio. Yaara tenía una frente más pequeña que la mayoría de sus compatriotas, unos ojos grandes de un negro que rivalizaba con el cielo nocturno, y unos labios finos y alargados que, junto a su voz dulce, contribuían a darle un aspecto menos amenazante. Un aspecto que, por unos instantes, me pareció atractivo.

Volví la cabeza de nuevo hacia las profecías, aunque esa tarde no pude seguir concentrándome en su lectura. Di gracias a los Dioses por contar con ropa, evitando de esa forma que mi excitación fuese evidente.
No tardé en comenzar a recorrer el Camino, con la ayuda de Yaara. Los primeros meses fueron extremadamente irritantes y arduos, incapaz de invocar los Poderes Divinos más que para realizar ejercicios iniciáticos que se asemejaban a burdos trucos de circo. Transcurrido un año, Yaara me quiso poner a prueba.

—No confías en ti mismo, Tak-Harek, y mientras no lo hagas, los Dioses tampoco lo harán —afirmó con rotundidad—. Ven, toma este libro.

Eran muchos los volúmenes que había tenido que leer; cientos de horas de estudio que, a mi entender, habían resultado inútiles. Reticente, acepté el libro que me ofrecía y lo abrí. Me sorprendió leer que trataba sobre complejas invocaciones y llamadas a criaturas de otras realidades. Por lo que había aprendido, los seres ultraplanares solo podían ser controlados por los más poderosos adalides, siendo una insensatez peligrosa que un simple Errante los convocase.

—Si controlas tu miedo, podrás controlarlos a ellos —me dijo—. Yo creo en ti, Tak-Harek.

Habían pasado muchos meses desde aquel casto beso en la biblioteca, aunque no había conseguido olvidarlo. En aquel instante, a punto de llamar a una criatura con el suficiente poder como para no dejar rastro de mí, sentí el impulso, la necesidad, de atraer a Yaara entre mis brazos y besarla. Ella no se resistió, y me rodeo también con los suyos mientras su delgada lengua bífida estrechaba la mía con más pasión de la que jamás había sentido, o creído posible. Cuando nos separamos, estaba convencido de poder llevar a cabo la difícil tarea que iba a acometer.

Pasé varias páginas del libro hasta que encontré la invocación del Jurla, un animal ultraplanar cuyo cuerpo estaba formado por carne y metal, con una forma que mezclaba grotescamente a un águila con un gran reptil, aunque con un tamaño no superior al de un colibrí.

—Aléjate, Yaara —dije, aunque ella no se movió. Empecé a dibujar en el aire los símbolos que rasgarían brevemente el velo entre planos, mientras pronunciaba las palabras de llamada en un lenguaje anterior al ser humano, más antiguo que la propia comunicación. Noté que mi frente ardía, y el dolor que sentí en los brazos estuvo a punto de poner fin a la invocación. Cuando ya no aguantaba más, el dolor desapareció, y el fuego de mi frente se tornó en un chorro de agua fresca de manantial.

Y, en medio de aquella sala, apareció el Jurla.