David J. Skinner

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Legado de sombras - 2

Anamnesis


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Todo comenzó ayer. No, no fue exactamente ayer. En realidad, yo no contaba por aquel entonces con más de diecisiete otoños, aunque la necesidad había hecho de mí un soldado destacable, si me permites que lo diga. Lo único que me separaba de un merecido ascenso era mi edad, y puede que fuera tal cosa lo que salvara mi vida durante la batalla de Surterro, o la matanza de Surterro, como prefieras llamarla.

El escuadrón del que formaba parte cayó en una emboscada, cruzando el desfiladero de Surterro. El tercio delantero murió aplastado por enormes rocas antes de que pudieran reaccionar. Entre ellos se encontraba el sargento, el único mando que viajaba con nosotros en nuestra marcha hacia la capital. Los motivos de aquello son variados y aburridos de contar, así que no entraré en detalles. La cuestión es que los cuatro centenares de supervivientes nos vimos en una situación para la que no nos habían preparado.

—¡Deteneos! —grité, al ver cómo varias docenas de soldados abandonaban la formación—. ¡Cubrid el flanco derecho, deprisa!

Era poco probable que el ataque proviniera de la retaguardia, y las rocas caídas hacían imposible el paso hacia delante. Las grutas, justo a nuestra derecha, eran nuestra única opción de avanzar, y también el lugar del que seguramente saldrían los causantes del derrumbe. No sé por qué me obedecieron, pero lo hicieron sin rechistar, como si la orden hubiese venido del sargento, o incluso de un capitán.

Ahora me arrepiento de haber dicho esas palabras, claro. Si hubiéramos salido corriendo, desandando el camino que llevábamos, por lo menos medio escuadrón hubiese podido sobrevivir. Los valientes que siguieron mis órdenes, por otra parte, no vieron su muerte hasta que esta apareció súbitamente sobre ellos, encarnada en la mayor oleada de Hantings que el mundo hubiese conocido hasta el momento. No era un ejército, era un río desbocado de criaturas pequeñas y delgadas, de orejas chatas y anchas narices. Un río azul oscuro, que se tiñó rápidamente del rojo de nuestra sangre.

Los Hantings, como sabrás, tienen una inteligencia casi humana —hay gente que piensa que es incluso superior—, pero la incapacidad para crear herramientas que viene impuesta por sus deformes miembros los había obligado a ser poco más que bestias de carga. Así había sido durante centurias, y solo los Dioses saben cuál fue la razón de que, dos años atrás, se rebelaran contra sus amos humanos. Desde entonces, los Separatistas, como fueron llamados, se agruparon en clanes, y esos clanes en ciudades, y esas ciudades en un auténtico imperio que amenazaba nuestra plácida existencia.

Dicho esto, podrás imaginar que no iban armados. Eso es cierto, aunque en cierto sentido también es falso. Sus afiladas garras eran más letales que las espadas mejor forjadas del reino, y no sentían escrúpulo alguno en usar los dientes para acabar con quien se atreviera a acercarse demasiado. Tras la aparición de los primeros Hantings, más de cincuenta buenos hombres fueron horriblemente mutilados y asesinados.

—¡Retirada! —exclamé, a pesar de ser consciente de lo inútil de mi orden—. ¡Retroceded, ya!

También en aquella ocasión me obedecieron, aunque lo cierto es que ya había comenzado la desbandada. Los Separatistas no sentían piedad por ninguno de ellos: daba igual que se tratara de un soldado demasiado viejo para correr, o de un chico cuya torpeza terminaba por hacerle tropezar. Todos morían a sus manos, sin distinción. Sangraban, gritaban y morían, aunque por desgracia para algunos, no siempre sucedía con rapidez.

Mi pequeña espada de soldado, muy distinta a la de un sargento —por no hablar de los enormes espadones de dos manos que portaban los altos mandos—, era mi única opción para vivir. No, la verdad es que no pensaba que vería un nuevo amanecer; tan solo quería vengar a mis compañeros fallecidos. Nadar en sangre Hanting, y alcanzar el Paraíso de los Héroes. Así de ingenuo era yo.

No nadé en su sangre; ni siquiera me salpiqué de ella. Antes de asestar el primer estoque, un fuerte golpe por la espalda hizo que cayera inconsciente al suelo.