David J. Skinner

jueves, 19 de diciembre de 2013

Legado de sombras - 8

Nagüela



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La sensación de paz que me embargó al divisar Yutino fue indescriptible. Los problemas de los Hantings, mis años como Errante, incluso el amor que sentía por Yaara… Todo se alejó de mi mente, a la par que los olores y las sensaciones que no sentía desde hacía mucho tiempo regresaban a mí. Allí, la debacle que se cernía sobre el mundo parecía muy lejana, y deseé no dejar jamás el lugar que nunca debí abandonar.

No reconocí a los primeros vecinos con los que me crucé, que me miraron recelosos y con miedo, sin responder a mis corteses saludos. Una extraña sensación se fue apoderando de mí, aunque no presté demasiada atención hasta llegar a la pequeña cabaña en la que había nacido y crecido, en compañía de mi hermana y de mis padres. ¿Seguirían todos con vida? El Éxodo Sangriento, por lo que yo sabía, no se hizo notar en el pueblo, y dudaba que el último alzamiento de los Hantings hubiese alterado la habitual calma de la villa. Aun así, me mantuve un buen rato delante de la puerta, antes de golpearla con los nudillos.

—¿Quién va? —preguntó una ajada voz femenina al otro lado. La entrada se abrió sin darme tiempo a responder.

—Madre…

La anciana mujer se quedó quieta, observándome sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Sin lugar a dudas, las noticias de mi participación en la batalla de Surterro habían llegado hasta allí, y mi madre solo podía esperar que mi muerte hubiera sido rápida. Ni en sus más locos sueños podía haber sobrevivido a aquello, y lo cierto era que mi supervivencia era una cuestión de difícil explicación. Por suerte, ni ella ni mi hermana pequeña, a la que me encontré en el interior ya convertida en mujer, quisieron sacar ese tema. Me abrazaron sin hacerme preguntas, felices de recuperarme, y dieron gracias a los Dioses por mi regreso.

Necesitaba relajarme, volverme a sentir humano de nuevo, y tomé la decisión de retrasar mi misión durante unos días. Volví a probar la comida del campo, a dormir en una cama, a hablar con gente como yo… y fue entonces cuando me di cuenta: ya no era el que había sido. La comida no tenía sabor, y la blanda cama resultaba incómoda en comparación al pedregoso lecho en el que había dormido por un lustro. Y la gente… no era como yo. Nadie lo era.

—¿Qué te ocurre, hijo mío? —me preguntó preocupada mi madre, en mi tercer día de estancia en Yutino.

—Hay cosas que debes saber. Que debéis saber ambas —dije, mirando también a mi hermana—. En la batalla de Surterro fui capturado por los Hantings.

Así comencé mi historia, y después les conté todo lo acaecido en la ciudad Hanting, a excepción de mi romance con Yaara; mi cautiverio inicial, las profecías, mi recorrido por el Camino… y, por último, la tarea que me habían encomendado. Intentaron mantener la calma, pero durante la última parte de mi relato no pudieron reprimir su asombro.

—Aquí estoy ahora —concluí—, sin saber a qué lado de la fina línea en que me hallo se encuentra el bien, y hacia dónde el mal.

—Hermano, ¿cómo puedes siquiera planteártelo? —me preguntó mi hermana, a la vez que mi madre se levantaba en silencio a servirse una taza de infusión—. Si en verdad posees ese poder que dices, tu obligación es usarlo para acabar con la amenaza de los Hantings. ¿No te das cuenta de que te han intentado lavar el cerebro?

—Cuando regresaba, pude ver las aberraciones que el Gran Adalid ha promulgado a través de su Ley de Domesticación. Ni aunque fueran bestias sin mente…

—¡Son bestias sin mente! ¡Bestias salvajes, que no dudan ni un instante en acabar con familias enteras! Ay, hermano; no sabes todo lo ocurrido en tu ausencia. Después de que padre se uniese a las milicias, hubo un asalto Hanting en Yutino. No, en realidad se trató de una masacre.

»Madre y yo estábamos ese día en el río, lavando la ropa. Al principio pensamos que se trataba de un desprendimiento de rocas, tal era el estrépito que se oyó. Caminamos de regreso al pueblo, pero los gritos nos hicieron detener y acercarnos con cautela. Vimos a una de esas abominaciones de la naturaleza, sujetando al pequeño Tim, mientras su madre lloraba de rodillas. Cuando nos fijamos mejor, descubrimos que en realidad aquel monstruo azul había atravesado al niño con sus garras, ante la mirada de su desconsolada madre.

»Otro apareció tras ella, cercenando su cuello antes de que tuviese tiempo de darse la vuelta. Y rieron. ¡Se rieron! Esa fue solo una de las escenas que contemplamos en silencio, escondidas, con la sangre hirviéndonos en las venas, y sabiendo que cualquier acción por nuestra parte no lograría detener aquella orgía de sangre, sino únicamente formar parte de ella. Tras su paso, la mitad de la aldea había muerto. ¿Esos son a los que quieres salvar? ¿Esas bestias sin alma ni corazón?

Mi madre estaba girada, y no pude ver las lágrimas que caían de sus ojos, aunque las percibí con claridad. El rostro de mi hermana estaba enrojecido; sus dientes, apretados, y sus ojos ardían con un odio que jamás hubiera imaginado capaz de surgir de aquel ser angelical a quien tantas trastadas había hecho siendo niño, sin recibir ni un solo reproche por su parte. Entendía su dolor pero, por desgracia, también era consciente del dolor que había sufrido, y seguía sufriendo, el pueblo Hanting.


La conversación terminó en ese instante, y el resto del día nos mantuvimos en un incómodo silencio. Antes de que el sol iluminara Yutino, a la mañana siguiente, cogí algunas provisiones, unas mudas de ropa, y salí en silencio del que había dejado de ser mi hogar desde hacía tiempo.