David J. Skinner

lunes, 27 de enero de 2014

Legado de sombras - 12

Ágora



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Al contrario de lo que hice con el Jurla, en esta ocasión devolví al ser ultraplanar de regreso a su mundo. La desolación que había dejado tras de sí, de la que yo era el único responsable, me recordó a Surterro; el suelo era un inmenso charco rojo, salpicado con los pedazos de cuerpos que la criatura no había devorado.

Esa visión de cuerpos mutilados me trajo de nuevo a la realidad. Cuando fui consciente, verdaderamente consciente, de lo que había hecho, no pude reprimir una arcada. Abandoné el edificio a toda prisa, impelido tanto por la repulsión que me producía el macabro espectáculo como por el temor a ser atrapado. Algo que de seguro hubiese ocurrido de haber permanecido dentro unos minutos más, pues la guardia de la ciudad no tardó en hacer acto de presencia.

—Humano. —Escuché una voz ronca a mi espalda y me di la vuelta para encontrarme frente a un Hanting. No era como el resto de los que había visto por la capital: sus ojos parecían más vivos. Me quedé esperando a que siguiera hablando pero, en lugar de eso, me indicó con señas que lo acompañara.

Y así lo hice.

Tras una corta caminata, llegamos a un desvencijado edificio. Mi guía pasó al interior y yo hice lo propio, hallándome así en una pequeña sala sin ventanas, iluminada por un par de antorchas cuya luz apenas permitía distinguir las siluetas de los presentes. Aun así, pude contar al menos a siete individuos. Todos Hantings. El que me había llevado hasta allí se puso a hablar en voz muy baja con un par de los presentes, que no tardaron en avanzar hacia mí.

—¿Es cierto? —preguntó el que tenía más cerca—. ¿Has detenido una pelea?

Respondí afirmativamente, mientras me intentaba preparar para lo que pudiese ocurrir allí.

—Lo importante, Tolén, es cómo lo ha hecho —dijo otra voz, esta vez femenina—. ¿Quién eres, humano?

—Podéis llamarme Tak-Harek —respondí yo con firmeza. Esperaba escuchar voces de asombro, de sorpresa; no fue así. Enseguida me di cuenta de que era poco probable que aquellos Hantings hubieran tenido la oportunidad de leer profecías, o de conocer siquiera su propia historia.

—Él es Tolén, nuestro líder —me dijo ella, señalando al Hanting que me había hablado al llegar—, y yo soy Kela. Según nos acaban de informar, eres capaz de usar los Poderes Divinos. ¿Cómo es posible tal cosa?

Las siguientes horas las invertí en narrarles mis últimos años: cómo fui capturado en Surterro, las historias que me contó Yaara, mis cinco años como Errante y la importancia de reunirme con el Gran Adalid, aunque prescindiendo de detallar que la misión que me había sido encomendada no era otra que la de acabar con él. He de decir que me escucharon muy atentos, sin interrumpir mi relato salvo para ofrecerme algo de bebida, de cuando en cuando.

—Antes de encontrarme con Tamiré tenía intención de entrar en la Torre, pero el acceso es… complicado.

—Nosotros podríamos ayudarte a hacerlo —me dijo Tolén que, al igual que el resto, no había pronunciado palabra alguna desde el inicio de mi narración—. Pero, extranjero, esa historia que acabas de contar es, como poco, difícil de creer. ¿Por qué deberíamos ofrecerte apoyo?

Mi ánimo tras la dura jornada no era demasiado bueno, y eso hizo que mi contestación no fuese la más cortés.

—¡Habéis sido vosotros quienes me han traído aquí, y los que os interesabais por lo que había hecho! Si no os he convencido con palabras, puedo pasar a los hechos.


No te asustes; no creo que hubiera cumplido mi amenaza, pasara lo que pasase. Simplemente estaba cansado e irascible, y mi impulsiva actuación previa con los espectadores de la pelea, como la habían llamado, era algo que no tenía la más mínima intención de repetir. En cualquier caso, tal como había supuesto, mis palabras sirvieron para disolver las dudas de los Hantings y, poco después, me empezaron a explicar de qué forma accedería a mi destino.