David J. Skinner

domingo, 6 de abril de 2014

Legado de sombras - 14

Prodición



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Esperaba un olor nauseabundo y, en efecto, sentí en mis fosas nasales una peste fétida que me hizo tropezar y casi caer a las oscuras aguas. Uno de los Hantings comenzó a soltar una pequeña risa que fue interrumpida por un fuerte golpe propinado por el más pequeño de los tres.

–Disculpad su comportamiento, mi señor –dijo este último, mientras realizaba una pequeña reverencia–. Será castigado por ello.

Hice un gesto con la mano, restándole importancia a la acción. No sabía hasta qué punto debía confraternizar con ellos, a pesar de la palabras de Kela. O, tal vez, a causa de ellas.

La labor de esos Hantings, como fui descubriendo en los poco iluminados túneles, consistía en acabar con las criaturas que poblaban el lugar. Las más habituales eran las ratas, aunque nos encontramos en un momento dado con un ser que nunca había visto, y que a punto estuvo de acabar con el Hanting risueño antes de ser aniquilado, o eso me pareció.

Perdí la noción del tiempo y del espacio, pues aquellos tortuosos caminos torcían y se bifurcaban constantemente. Una pregunta llegó a mi mente: ¿cómo pretendía realizar el camino de vuelta? Antes de poder encontrar una respuesta satisfactoria, el grupo se detuvo.

–Ese túnel de allí –dijo el Hanting pequeño, señalando hacia la oscuridad– os conducirá bajo la Torre.

Iba a preguntarle sobre mi regreso cuando unas pisadas que se acercaban reclamaron toda nuestra atención. Me preparé para lo peor.

–Más te vale que merezca la pena, Yosuf –dijo una apagada voz masculina, que no reconocí–, o tu recompensa será la tortura y la muerte.

–Jamás osaría engañar a la Orden –fue la respuesta–. Mi Hanting me ha asegurado que ese extranjero estaría por aquí.

Me habían traicionado. Alguno de aquellos supuestos disidentes Hantings estaba jugando a dos bandas, y ahora la Orden –puede que incluso el mismísimo Gran Adalid– estaba al corriente de mi existencia, de mi historia y de mis planes.

Aparté mis pensamientos de venganza y me centré en el asunto más urgente: no ser capturado. Por el sonido, no parecía que se tratara de un grupo numeroso; más bien, dos o tres personas. No podía olvidar, sin embargo, que al menos uno de ellos era miembro de la Orden.

Cuando observé a los tres Hantings con los que iba, no noté en ellos otra cosa que sorpresa y temor ante las voces cada vez más cercanas. Debía tomar la decisión de confiar o no en ellos, y tenía que ser en ese preciso instante.

–Voy a retroceder por donde veníamos –les expliqué–. Si os preguntan por mí, decidles a esas personas que he partido ya en dirección a la Torre.

Intentando hacer el menor ruido posible, fui andando hasta la bifurcación más cercana y me quedé esperando, oculto, en espera de ver el avance de los acontecimientos. No transcurrió mucho antes de que las pisadas dieran paso a dos pares de botas altas. Uno de los hombres, más bien bajo y contrahecho, portaba una antorcha y caminaba con pasos cortos y rápidos delante de otro, mucho más alto y corpulento.

Este último llevaba el pelo largo, con una trenza que caía sobre su pecho. Incluso con la titilante luz podía observarse un símbolo grabado en el peto de metal que portaba, dejando meridianamente clara su pertenencia a la Orden, así como el alto rango que ostentaba.

Me preparé para el posible enfrentamiento, aunque salir vivo de ese encuentro sería poco menos que imposible. Yo contaba con los Poderes Divinos; sin embargo, mi adversario poseía una experiencia en combate muy superior, y su velocidad haría muy difícil que pudiese concentrarme lo suficiente como para traer a una criatura de otro plano. Por supuesto, las invocaciones no eran lo único que los Poderes Divinos me permitían realizar, pero sí lo único capaz de acabar con un General.

A excepción de las Llamadas a los Dioses.

Como Errante estudié poderosos encantamientos capaces de hacer aparecer un muro de fuego, una tormenta, o incluso de transportar a una persona de una ciudad a otra. Magia muy poderosa, sí, aunque inmensamente más peligrosa que las invocaciones. De hecho, jamás antes de aquel instante me había planteado hacer uso de ella.

¿Qué peligro supone su uso? No te preocupes, te lo contaré. Pero no ahora. Permíteme que siga con mi relato, pues por suerte no necesité usarla… esa vez.