David J. Skinner

martes, 22 de septiembre de 2015

Legado de sombras - 15

Ankarán



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Los tres Hantings temblaban ante la imponente figura de pecho metálico, que apenas se dignó a mirarlos. Fue el otro hombre quien rompió el tenso silencio que se había adueñado de los malolientes túneles.

–Milord Ankarán –dijo, girándose hacia él–, si me lo permitís, querría interrogar a uno de estos.

El General se limitó a asentir, con desprecio, intentando traspasar con su mirada la oscuridad que se extendía más allá del área iluminada por la antorcha. Yosuf, por su parte, agarró al más pequeño de los Hantings por el cuello y, a pesar de no ser mucho más alto y robusto que él, lo arrojó con fuerza hacia la pared del túnel. El resto se limitaron a observar, incapaces de reaccionar.

–Tú –dijo Yosuf, señalando a uno de los que quedaban en pie–, dime dónde se encuentra el humano con el que estabais.

Por los Dioses que me faltó poco para dar un paso fuera de mi escondite y enfrentarme a aquellos individuos, pero la rápida respuesta del Hanting hizo que me detuviese.

–Humanos no bajan aquí –respondió, ignorando mi orden previa–. Limpiamos alcantarillas, solo eso.

El otro comenzó a mover con fuerza la cabeza, afirmando exageradamente. Ese comportamiento, que a mí me resultaba del todo artificial, pareció convencer al hombre, que se dio la vuelta de nuevo encogiéndose de hombros. Ankarán, sin embargo, lo apartó de un empujón y se situó frente al Hanting que había contestado.

–Criatura, ¿pretendes engañar a un representante de la Orden? –Sacó su espada, haciendo que un chirrido metálico retumbara por todo el lugar–. ¿Dónde está el Tak-Harek?

–Se fue por allí. –Quien había hablado era el caído, mientras señalaba en dirección al túnel que debía llevarme a la Torre–. Mi señor, tened piedad.

Ocurrió muy rápido, demasiado rápido. Apenas terminada la frase, la cabeza del Hanting salió volando, separada de su cuerpo. En un instante, los otros dos Hantings enfrentaron un destino similar. El brillo que reflejaba la hoja de la espada era el único indicador de que se estaba moviendo pues, de no ser por eso, bien podía pensarse que el General observaba la escena de muerte sin ser partícipe de ella.

Pasó su arma contra los cuerpos inertes de los Hantings, para limpiar la poca sangre que en ella había, y luego volvió a enfundarla.

–Recompensa a tu Hanting –dijo–. Y luego, sácale toda la información que puedas. Ven a verme mañana con los nombres de los disidentes, su lugar de reunión y quiénes los ayudan, y te cubriré de riquezas. Fállame y morirás.

La voz del General ya era aterradora de por sí, pero tras escucharle decir aquello no pude evitar sentir un escalofrío. Sin responder, el hombre ofreció la antorcha a Ankarán, que la rechazó, y regresó sobre sus pasos, presto a cumplir las órdenes que acababa de recibir. ¿Quién no lo hubiera hecho?

Con la mano en la empuñadura, Ankarán comenzó a andar con lentitud en dirección a donde creía que yo me encontraba, alejándose cada vez más de donde me encontraba en realidad. Noté que llevaba tiempo aguantando la respiración cuando solté el aire que tenía en los pulmones, aliviado. Aunque no solo me sentía aliviado; también traicionado y furioso. Si seguía al General y luchaba contra él, lo más probable es que pereciera, o que acabara en una celda oscura –como en la que me encuentro ahora, qué irónico–, y entonces el conato de rebelión se extinguiría como unas brasas arrojadas al océano. En cuestión de horas, el traidor delataría al resto de los suyos si yo no era capaz de detenerlo.

Lo malo era que solo disponía de un nombre: Yosuf.