David J. Skinner

lunes, 27 de febrero de 2012

Extracto del capítulo 2

No fue el sol que entraba por la ventana y le daba de lleno en los ojos lo que despertó a Andrés; tampoco la alarma del reloj, que había dejado de sonar hacía ya un par de horas. No, fue la desagradable melodía del móvil la que le arrancó de sus plácidos sueños.
—¿Diga? —contestó medio adormilado.
—¡Andrés! ¿Dónde andas? El comisario ha convocado una reunión sobre el caso del ajedrez para dentro de una hora.
Antes de mirar el reloj ya sabía que acompañar su frugal cena con varias cervezas no había sido una buena idea. Eran más de las diez.
—Estoy… siguiendo una pista del caso Castillo. Voy para allá.
Pulsó la tecla roja y se dirigió a toda velocidad hacia el baño. En menos de un cuarto de hora salía por la puerta, mientras se recriminaba nuevamente por habérsele pegado las sábanas. Roca buscaba —y él lo sabía— cualquier excusa para cesarle, y él se lo estaba poniendo en bandeja. A pesar de todo, se permitió el lujo de hacer una pausa de cinco minutos antes de entrar en la comisaría para tomar un café rápido en el bar de enfrente. Cuando terminó, la primera persona con la que se cruzó nada más llegar fue, como no podía ser de otra manera, con el propio comisario.
—¡Núñez! ¡Espero que tenga un buen motivo para presentarse a estas horas!
—Comisario, he estado siguiendo un nuevo rastro en el caso Castillo. El sospechoso ha sido visto de nuevo en las inmediaciones del hospital.
Confiaba en que el enfermero no hubiera ido aún a repasar el retrato robot. Afortunadamente, por la cara del comisario dedujo que no.
—Bueno, esas sí son buenas noticias. Núñez, necesitamos resultados lo antes posible. El ventilador de la mierda se está poniendo en movimiento y, como no detengamos esto, nos vamos a ver cubiertos hasta el cuello por ella.
Roca sonrió y él hizo lo propio, aunque aborrecía la frase del “ventilador de la mierda”. El comisario se encaminó con ánimos renovados hacia su despacho, pero Andrés se quedó un rato cerca de la entrada. Tenía pendiente su visita al camarero del bar donde Castillo desayunaba, pero con la inminente reunión, ese día le iba a resultar imposible. Mañana lo haría sin falta.
Cuando pasó por delante de la sala del ajedrez, observó que las fotos de la cuarta víctima estaban ya colgadas en el panel. Naturalmente, no le sorprendió, ni tampoco cuando leyó la portada del periódico que había sobre la barra del bar donde había tomado el breve desayuno. Entre las muertes en sí mismas y el sensacionalismo que los periódicos y la televisión le estaban dando al asunto, no era de extrañar que su jefe se pusiera nervioso. Debían de estar apretándole mucho, lo cual suponía que él, a su vez, apretaría a sus hombres.


Antes o después, la policía atraparía al asesino y se le acabaría el chollo; de eso Carlos no tenía ninguna duda. Aunque esa mañana, mientras leía el periódico y contemplaba con satisfacción las fotografías que él había proporcionado, se le ocurrió una genial idea: si conseguía descubrir al asesino, su nombre quedaría definitivamente asociado con el caso, seguro que nunca más iban a faltarle trabajo ni oportunidades para ascender. ¡Incluso podía ser él mismo el entrevistado en programas de éxito! Sí, intentaría sacarle más información a su fuente y la utilizaría para investigar por su cuenta. Tenía contactos en muchos sitios que a la policía le resultaban inaccesibles y aquel era el momento de aprovecharse de ellos.
Intentó contactar con él, pero no respondía al teléfono. Bueno, no importaba; podía comenzar a indagar con los datos que ya poseía. Repasó la colección de periódicos apilados junto a su cama hasta que localizó la primera noticia sobre el caso: el asesinato de Pedro Villas. En el diario aparecía la dirección del fallecido, así que tomó un vaso de leche y un bollo y salió hacia allí.
De lo primero que se percató cuando llegó al escenario del crimen fue de que alguien había roto los precintos de la policía. Quizás el pequeño apartamento hubiera sido ocupado por algún indigente, o puede que el nuevo inquilino conociera al anterior, así que decidió llamar a la puerta.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¿Hola? Soy periodista. Quisiera saber si conocía a Pedro Villas, el hombre que vivía aquí antes.
La puerta se abrió, y un hombre desarrapado se plantó frente a él. Por la dilatación de sus pupilas, Carlos llegó a la conclusión de que, aunque pareciera que acababa de levantarse, aquel tipo ya había “desayunado”.
—Sí que le conocía al cabrón. Le mataron hace un mes o así.